LAS GRUTAS DEL ILLIMANI
Cierto día, un indiecito llamado Yucaré, mientras caminaba por las faldas de la montaña, encontró sobre las piedras un pequeño y pobre cóndor, ensangrentado y sucio. Su porter impulso fue matarlo, pero enseguida sintió lastima; lo cogió y luego lo volvió al nido de donde hacía caído.
¡Gracias, muchas gracias¡. Sabrán mis padres que me has salvado –dijo el polluelo caso imperceptible.
Al otro día, al pasar junto a un precipicio, Yucaré vio que volaban hacia él dos enormes cóndores. Atemorizado, cogió un garrote y se preparó a luchar, pero cuando el cóndor se percató de lo que el niño se proponía, le gritó desde lo alto:
Nada temas amigo. Nada temas, no te haremos ningún daño, hemos venido sólo para agradecerte el haber salvado a nuestro hijito.
Cuando Yucaré vio que, en efecto, no corría peligro alguno, se deshizo del garrote e invitó a la peraza de cóndores a posarse en el suelo. A su derecha se ubico el cóndor y la derecha su señora.
Queremos agradecerte –dijo papá cóndor.
Y la hembra de inmediato pregunto.
- ¿Qué deseas? ¿Qué te gustaría hacer?
El indiecito reflexionó mucho antes de contestar. Y luego dijo:
llévame a la cima del Illimani. Nada más bello que volar, volar y contemplar la tierra desde lo alto.
- Muy bien –dijo la hembra. Y convinieron en encontrarse al día siguiente para realizar el deseo del joven indio.
En la mañana, como había acordado, Yucaré montó en el lomo de mamá cóndor. Esta corrió entonces, algunos metros, abrió las alas y comenzó a elevarse poco a poco. Instantes después ya no podía verse la tierra: una espesa neblina cubría el cielo. Volaban y volaban cada vez mas alto, el frió entumecía los huesos, pero el ascenso continuaba. Y volaron y volaron hacia la cima del Illimani. Al llegar, Yucaré se despidió de sus buenos amigos y continuó por la escarpada superficie. Después de una agotadora faena, se encontró con una misteriosa gruta, donde penetró con curiosidad y dificultas. Al principio nada podía ver, pues la luz era escasa, pero le pareció ver en la penumbra, las siluetas de un hombre y una mujer sentados apoyados en la pared.
Tenían lo brazos cruzados. El oro de sus pulseras relucía en sus brazos, igual que las vajillas y la copas de plata que les rodeaban.
Yucaré estaba impresionado y continuó internándose en la misteriosa gruta. En un largo camino, encontró una bolsa con cuchillos y flechas, plumas y grandes trozos de resina, que puso en un plato de greda y la encendió. Ya con luz, el valeroso niño se internó, lleno de curiosidad, en lo más profundo de la montaña.
Bajo hasta llegar a una gran cámara donde había usos e hilados de gran colorido, alforjas tejidos en telar, y muchísimos otros objetos de estilo incaico de gran valor. Maravillado continuó descendiendo, pero en las húmedas gradas pero el equilibro y cayó. El plato se hizo mil pedazos y ya no tuvo más luz.
Después de lanzar algunos gritos desesperados, el indiecito observó que la gruta no esta completamente a oscuras. Desde un extremo se divisaba una ligera galería de túneles subterráneos que lo condujo a una nueva gruta, iluminada por el sol. Alborozado se dirigió a la salida, quedando cegado momentáneamente por la luminosidad.
En la madrugada del día siguiente el resuelto y valiente Yucaré estaba de vuelta en casa. A nadie l quiso contar de los tesoros que encontró en las grutas del Illimani, para no despertar la codicia y ambición entre sus hermanos. Y no hizo hasta muchísimos años mas tarde.
Muchos son los hombres se han arrimado hasta las grutas del Illimani, pero ninguno ha podido encontrar el inmenso tesoro oculto allí por los incas. No obstante la riqueza permanece en ese lugar desde hace siglos.

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